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Foto: Francesca Galliani
La fecha es un día impreciso de 1835. El lugar, París, capital del arte y de la ciencia. En un destartalado taller-laboratorio, Louis Daguerre experimenta con la cámara oscura y los dioramas para crear espectaculares decorados de teatro. Él aún no lo sabe, pero la placa sensible que ha olvidado en su armario químico entre vapores de mercurio servirá, muchos años después, para marcar el comienzo de la fotografía. Al menos el comienzo oficial, pues está probado que fue Joseph Nicéphore Niépce el autor de la primera fotografía de la historia. No está claro si se trata de Punto de vista desde la ventana de Gras o La mesa puesta.
El rápido deterioro de estas primitivas imágenes de los años veinte del siglo XIX precisó de nuevas aportaciones al proceso químico del revelado, primero de la mano de Daguerre y, más tarde, de Fox Talbot, que ideó con sus calotipos el primer método capaz de generar una imagen en positivo. Tras el sistema de los negativos de colodión húmedo llegarían otras técnicas artesanales que hoy muy pocos fotógrafos conocen pero que todavía se practican en algunos laboratorios, que siguen siendo el sanctasanctórum de estos artistas.
Cada dos minutos se toman en el mundo tantas fotos como en todo el siglo XIX, lo que da una idea de lo complicado que resulta hoy abrirse paso con una cámara al cuello. Cualquiera podría pensar que, más que el oficio, lo que ahora prima es la suerte, eso que Henri Cartier-Bresson llamaba momentum y que tiene que ver con una conjugación improbable de instantes y lugares oportunos. Pero, incluso si la toma en cuestión carece de ese halo especial o no respeta los parámetros mínimos de calidad, existen novedosas aplicaciones (léase Instagram) que imprimen un toque cool a las composiciones.
Cada dos minutos se toman en el mundo tantas fotos como en todo el siglo XIX
No son pocos los que piensan que la fotografía ha sido víctima de su propia evolución. A pesar de lo cual, o precisamente como respuesta a esta imparable popularización, en los últimos años se han recuperado dentro del gremio muchas de las técnicas que dieron fama a Daguerre y compañía. Artistas como Paulina Otylie Surys, Luis González Palma, Stefan Milev, Chris McCaw, Tiane Doan, Francesca Galliani y Sára Saudková siguen la estela marcada hace décadas por Edward S. Curtis, J. P. Witkin, Miroslav Tichy y otros grandes maestros.
Cada uno de estos artistas milita dentro de su propio estilo, pero todos comparten la misma inquietud por el «misterio» que caracteriza la estética fotográfica del siglo XIX. «Un misterio relacionado con la dulzura, con la muerte y la mirada —asegura González Palma (Guatemala, 1957)—. Mi punto de partida es la seducción para, a partir de ahí, ofrecer al espectador una imagen cargada de un tiempo que no tiene, de una historia que no existe». Cada uno de sus proyectos conlleva una técnica distinta, a partir de colodios, platinos, orotones, usando ambrotipias y láminas de oro y plata o bien pintando las películas con betún de Judea.

Foto: Chris McCaw
Un tiempo impreciso
Mientras que González Palma busca recuperar los «trazos perdidos de un mundo envejecido», Paulina Otylie Surys (Polonia, 1979) aspira a «la belleza y la opulencia del sueño romántico», pero sin descartar «el dolor, la deformación o la muerte». Empezó coloreando a mano sus instantáneas en busca de un «efecto retro» y pronto se pasó a las gelatinas de plata (enormemente sensibles a la luz), probó con el método del colodión húmedo (en placas de vidrio y metal) y actualmente se está especializando en las complejas fórmulas de ambrotipia y tintipia (que se usaban a mediados del siglo XIX), con las que consigue el grano y la textura que caracterizan sus series.
No es posible determinar la época exacta a la que pertenecen los personajes que inmortaliza Paulina Otylie Surys, pero nos confiesa que la ropa es «totalmente contemporánea», razón por la cual su nombre está empezando a sonar en el mundo de la publicidad y de la moda. Su primer monográfico (editado por Paulsen) se publicará el próximo otoño. Con él pretende demostrar que «algunas costumbres y tradiciones artesanales nos ayudan a saber quiénes somos y de dónde venimos».
Con ayuda del pasado
El factor tiempo es clave. Tanto, que para Tiane Doan na Champassak (Francia, 1973) «lo más importante, además de la sublimación de la belleza a través de procesos antiquísimos, es la idea de perpetuidad». En el caso de Sára Saudková (Praga, 1969), su objetivo no es otro que detener las agujas del reloj: «En mi cámara guardo todo lo que me importa y que algún día desaparecerá. Mis fotografías son como una crónica familiar en la que describo a mis amigos, a mis hijos y a la gente que quiero. Por eso es tan importante que todo el proceso sea manual». Según Doan, los viejos materiales fotográficos aguantan mejor el paso de los años que los revelados convencionales.
Los viejos materiales fotográficos aguantan mejor el paso de los años que los revelados convencionales
Como Paulina Surys, el fotógrafo francés también llegó a los daguerrotipos después de probar con impresiones de carbón, Polaroid y diapositivas: «No me interesa recuperar un arte extinto, sino proponer un nuevo lenguaje con la ayuda del pasado». Para ello acude a unos laboratorios especializados de París, gracias a los cuales ya tiene tres catálogos publicados (Spleen and Ideal, No Photo y Kolkata). «El riesgo forma parte de mi rutina de trabajo. Nunca sabes cómo van a reaccionar los productos químicos. Todo avanza a base de ensayos y errores, hasta que consigues tu propio método», apunta.

Foto: Luis González Palma
Algunos trucos que aún funcionan
Quizá el gran desafío técnico del daguerrotipo sea su dificultad para captar el movimiento. El propio Daguerre no consiguió hasta 1838 la primera foto de un humano. Desde lo alto de un edificio, trató de inmortalizar el bullicio del Boulevard du Temple pero, comoquiera que el tiempo de exposición de su cámara era muy largo, solo consiguió capturar los árboles, las casas y a un señor, algo borroso, que había permanecido quieto diez minutos mientras le limpiaban las botas. Lo curioso, como nos recuerda Francesca Galliani (Italia, 1962), es que «los filtros de densidad neutra, que utilizan los directores de cine para vaciar las calles y la NASA para analizar estrellas, están inspirados en este mismo principio».
Ganadora del Kodak European Panorama Award en 1995, Galliani jamás se separa de su cámara Hasselblad: «La profundidad de campo analógica es, sencillamente, inigualable». Ya en el laboratorio, ella misma se encarga de imprimir grafitis sobre las imágenes o de mezclarlas como si fueran collages. También aplica otra serie de trucos, como la cianotipia (por medio de luz ultravioleta), las gomas bicromatadas o el llamado marrón Van Dyke, que sensibiliza el papel por medio de citrato férrico, generando unos tonos marrones que recuerdan a las obras del pintor flamenco. «A veces, dependiendo del efecto que busco, también pongo vaselina o papel higiénico debajo de la lente del cuarto oscuro», añade.
La profundidad de campo de una fotografía analógica es, sencillamente, inigualable
Chris McCaw (EE UU, 1971) empezó documentando con 13 años las sesiones de skateboard de sus amigos con un ojo de pez y ha acabado manejando enormes lentes militares en su último proyecto, Sunburn, que le ha abierto las puertas del Metropolitan de Nueva York. «Hace poco un amigo trató de convencerme para que utilizara una Canon digital, pero no he tenido tiempo ni ganas». Cautivado por el poder evocador de la luz y la riqueza de matices de la fotografía antigua —«me siento un poco alquimista»—, desde 1993 usa «procesos analógicos alternativos» basados en la platinotipia que sublimaron los pictorialistas.
La estética de algunos de estos artistas del daguerrotipo, como Stefan Milev (Bulgaria, 1981), está a medio camino entre la fotografía y la pintura. «Hay algo en las cámaras digitales que me desconcierta —asevera—. Necesito tocar las imágenes, saber que lo que he capturado es único. No tengo nada en contra de Photoshop, pero nunca me llamaría a mí mismo fotógrafo por mi destreza con el teclado». Hace años que Milev se trasladó a vivir a Alemania, donde tiene montado su taller. «Nada es comparable a la sensación que produce una imagen que se aparece de repente en un trozo de papel. Es como si atraparas en tus manos un pedazo de tiempo».

Foto: Stefan Milev